Los fondos colaborativos son una tendencia y apuntan a caminos prometedores tanto en la práctica filantrópica en sí misma como en la solución de desafíos estructurales.
Recientemente leí un artículo de Bridgespan que me hizo reflexionar profundamente. Publicado en abril de 2026, "Las colaboraciones como una clase de activo filantrópico" analiza una tendencia que ha cobrado fuerza en la filantropía internacional: los fondos colaborativos. En pocas palabras, se trata de iniciativas que aúnan recursos de diferentes donantes en torno a una estrategia común, con experiencia técnica, gobernanza y seguimiento.
La comparación que se hace en el artículo es acertada. En el mundo de las inversiones, pocas personas eligen cada activo por sí mismas. Muchos confían parte de sus recursos a fondos y especialistas. En la filantropía, la lógica puede ser similar.
Cuando un donante actúa solo, su intención puede ser muy generosa, pero su capacidad para comprender, monitorear y ampliar los resultados suele ser limitada. Cuando varios donantes se unen en torno a una estrategia, el recurso financiero viene acompañado de algo importante: inteligencia compartida.
El documento subraya que los fondos colaborativos no son una solución mágica ni una panacea, pero sí ayudan a dar nombre a algo que, en el Movimiento Bem Maior, hemos estado practicando en los últimos años. Ante problemas complejos, donar en conjunto puede ser más eficaz que donar individualmente.
Esta idea requiere reconocer que los buenos recursos necesitan buenas preguntas. El impacto no surge solo del deseo de ayudar, sino de la capacidad de comprender territorios, organizaciones, liderazgo y contextos.
Quienes donan quieren saber adónde van los recursos, a quiénes se apoyará y qué impacto tendrán. Es natural. Pero existe una madurez filantrópica que comienza cuando el donante comprende que el control y el impacto no siempre van de la mano.
Para lograr un mayor impacto, a veces es necesario recurrir a procesos colectivos. Se trata de escuchar otras perspectivas, compartir decisiones y, tal vez, incluso apoyar a organizaciones que no estaban en el radar de cada inversor, pero que marcan una gran diferencia en los territorios donde operan.
Esto no disminuye la responsabilidad de cada donante. Donar a través de un fondo colaborativo no significa desentenderse de la decisión, sino participar en un proceso más riguroso donde las diferentes experiencias contribuyen a tomar mejores decisiones.
Bridgespan destaca tres beneficios de los fondos colaborativos: eficiencia, porque el donante no necesita crear por sí solo toda una estructura de análisis y seguimiento; eficacia, porque la decisión se basa en el conocimiento acumulado, el análisis sobre el terreno y la gobernanza; y participación, porque la colaboración crea oportunidades de aprendizaje entre pares .
Y esto es especialmente cierto si consideramos la realidad brasileña. No abordaremos las desigualdades, la inseguridad alimentaria, la baja movilidad social ni los territorios vulnerables con respuestas aisladas. Ningún donante, por muy comprometido que esté, puede resolverlo todo por sí solo.
La colaboración es un camino que MBM ha ido construyendo con numerosos socios y, especialmente, con donantes que han aceptado experimentar una forma diferente de hacer filantropía. Personas que entienden que el papel más importante no lo desempeñan quienes donan, sino la transformación que se hace posible cuando muchos trabajan juntos.
La colaboración no es una moda filantrópica. Es una respuesta más honesta a las complejidades del mundo en que vivimos hoy.